El PRI tiene un problema que no resolverá solamente anunciando candidato, porque necesita convencer a su militancia de que la decisión vale la pena.
En Guasave, los respaldos a Mario Zamora y los cuestionamientos a una posible imposición muestran que la dirigencia no debería dar por asegurada la disciplina de sus cuadros.
El exalcalde y exdiputado Domingo Ramírez Armenta cuestionó públicamente lo que considera preferencias de las dirigencias hacia Paloma Sánchez. “Vemos los dados muy cargados del partido local y nacional a favor de Paloma Sánchez y no es correcto eso”. Su declaración expresa una percepción de favoritismo; no demuestra que la candidatura esté decidida.
Ahí está el riesgo. Si quienes participan sienten que la competencia es una simulación y que el resultado viene resuelto desde arriba, el llamado a la unidad puede quedarse sin respuesta. Una dirigencia puede entregar una candidatura, pero no puede ordenar entusiasmo, trabajo territorial ni votos.
Lo que merece una mejor atención es la posibilidad de que una decisión mal procesada termine alejando a militantes y simpatizantes. El costo podría aparecer en renuncias, pero también de una manera menos visible, que dirigentes que dejan de trabajar, estructuras que se mueven a medias y ciudadanos que buscan otra opción.
Mario Zamora ha planteado que las candidaturas de una eventual alianza se definan mediante mediciones o mecanismos acordados, evitando que todo dependa de negociaciones entre dirigentes. Ese planteamiento obliga a discutir quién puede sumar más apoyos y con qué evidencia se sostiene esa capacidad.
También hay un dato que debe ponerse sobre la mesa y es que el propio diputado manifestó disposición a respaldar al que tenga las mayores posibilidades de ganar si obtiene la candidatura y reúne las mejores condiciones para competir. Por tanto, el respaldo a Mario Zamora no puede interpretarse automáticamente como una instrucción suya para romper con el PRI.
La responsabilidad de la dirigencia es conducir una competencia creíble, con reglas conocidas, trato parejo y una explicación clara del resultado. Eso implica escuchar a quienes respaldan a cada uno de los aspirantes y evaluarlos con los mismos criterios.
El PRI no está obligado a postular a un candidato por presión. Sí está obligado políticamente a demostrar que su decisión busca competir y ganar, y que no responde a una preferencia personal.
Porque elegir candidato sin construir aceptación puede salir caro, porque el partido conservaría el control de la candidatura, pero podría perder a quienes necesita para sostenerla en las urnas.





